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Erase una vez...
...Una tierra muy antigua en la que se creía en la magia. En este mundo esa magia era respetada y desconocida. Era una fuerza atrayente y temida. Se sabía que estaba ahí pero resultaba demasiado extraña para comprenderla y por eso se evitaba.
Eso no quería decir que los habitantes de los reinos no tomaran precauciones contra sus peligros u amenazas.
Ante todo los humanos de esta época eran muy supersticiosos e intentaban evitar por todos los medios enfurecer a esta nebulosa de fantasía, en la que participaban toda clase de seres inimaginables.
Al principio de todo se declararon tres leyes fundamentales e inquebrantables para mantener la furia de lo "extraño" dormida.
Se dicto que nunca se hiciera daño a la naturaleza si no era una cuestión de supervivencia vital. Que se tuviera cuidado con los viajeros y nuevos ciudadanos de las ciudades, ya que no se sabía de donde venían. Y por ultimo y mas importante, se prohibió adentrarse en el interminable bosque que rodeaba en gran parte la tierra conocida.
Durante décadas se acataron las leyes sin cuestionar el porque de ellas. Se seguían al pie de la letra y en todo aquel tiempo no ocurrieron desgracias.
Pero... pasaron los años y la insistencia de las leyes se desgastaron perdiendo así su fuerza. Por ese entonces la tierra había evolucionado y la gente no creía en esas leyendas narradas por sus antepasados. Todos y cada uno de los habitantes ignoraban lo que pasaría si rompían una.
En este reino había cuatro épocas de celebraciones por el cambio de estaciones. Y solían durar una semana como mínimo. Estas fiestas ya se celebraban antes y consistían en honrar a la naturaleza por lo que les daba a unos simples campesinos. Pero con la evolución del pueblo la importancia y la verdadera razón de estas fiestas se había perdido.
Ahora tan solo eran para pasarlo bien, intentar conseguir pretendientes, cotillear, emborracharse si era posible e intentar tener diversión bajo las mantas.
Los ciudadanos de los pueblos y ciudades ya no recordaban la era de sus abuelos. La codicia los estaba consumiendo olvidando así las cosas realmente importantes.
Lo único que seguia igual era la forma y distribución de estos acontecimientos.
Los nobles y burgueses se hospedaban en el palacio real de la capital y el campesinado tenía adjudicado un extenso terreno a las afueras de la gran ciudad para que montaran sus campañas.
También seguía la tradición de montar puestos y ferias por toda la ciudad de las que se encargaban los ciudadanos vulgares.
Mientras tanto los ricos, habían cambiado por completo el comportamiento de sus antepasados.
Ya no se mezclaban con el pueblo y disfrutaban mutuamente los unos de los otros. Ahora se encerraban en su gran palacio y celebraban fiestas, bailes y banquetes tan solo para la élite.
Y así comenzó esta historia.
La celebraciones del cambio de invierno a primavera habían llegado y en lo mas profundo del gran bosque se urdía un plan.


